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La FISCAL María Lilian

25 de septiembre de 2026 · Hernán Maldonado

Por Hernán Maldonado

Fue hace dos años que se fue. Era el 1 de agosto. Todavía hoy me parece que no fue verdad. Quizás la recuerdo más porque a mi me parecía que era una FISCAL con letras mayúsculas para honra de la familia.

La admiré siempre, porque si yo hubiera seguido la carrera, me hubiera gustado ser como ella. No pudo ser, el periodismo me tenía ya en sus manos.

En el apogeo de su brillante carrera fue tentada para pasar a otro campo del Derecho, pero ella (como yo, cuando me gradué en la UMSA) era una enamorada del Derecho Penal.

Apenas graduadito, estuve pocos meses de auxiliar en la Corte de Distrito de La Paz, pero renuncié. Un día, mi amigo y excelso abogado, el Dr. Carlos Tovar Gutzlaff, me encontró a la salida del Palacio de Justicia y cuando le informé que había renunciado, se enfureció.

–Este es el palacio de la injusticia, es una inmundicia, le dije.

–¡Qué bonito!, bramó. ¡Hay que estar adentro para adecentarlo, pues, o crees que desde afuera harás algo!

–Lindo sería que un médico renunciara al ver en un hospital gangrena, heridas pudriéndose, para no mancharse las manos…” Me dijo, bastante enojado.

El valor que a mi me faltó, la tuvo mi sobrina María Lilian Villalta. Por años fue fiscal en La Paz. Sus superiores la abusaron terriblemente. Le imponían horarios imposibles. Le quitaban casos que comprometían al gobierno, la trasladaban a oficinas en El Alto. Casi nunca le permitían tomar vacaciones completas. Sus horarios se extendían más allá de las 8 horas y hasta debía pagarse sus pasajes cuando debía trasladarse a una provincia. En sus días libres, estaba obligada a recibir llamadas, en un teléfono de su propio peculio. A El Alto se llevaba su propia estufa contra el frío.

Un día le propuse que escribiera, con mi ayuda, un libro de su paso por la Fiscalía de La Paz. Sabía mucho de cómo jueces eran manipulados desde el alto gobierno, de colegas corruptos. No quiso. “Para eso se necesitan pruebas y yo nunca saqué copia a ningún documento comprometedor”. ¿Para qué, querido tío?, me dijo.

Poseía un hermoso carácter. Jamás la vi de mal humor. Dejaba sus problemas en la calle. Cuando llegaba a la casa de sus padres, por muy cansada que hubiera sido su jornada, se dedicaba a ordenar y reordenar la casa, a volver a lavar la vajilla, etc. etc.

“¡Ya llegó la alegría!”, exclamaba su padre oyéndola atravesar el portón de la casa, porque la sonrisa era infaltable en su rostro.

El grueso de la familia vive en el exterior y parecía extraño que su ataúd estuviera sepultado en una montaña de ramos y coronas de flores el día del velatorio.

La explicación se la dio una mujer anciana a su madre, mi hermana Luz Arminda (foto).

La mujer de humilde apariencia había cargado un enorme ramo de flores blancas y le dijo:

–Me dicen que usted es la mamá de la doctorita Lilian. Lo siento mucho, pero yo le agradezco porque sacó de la cárcel a mi hijo, porque era inocente, y nunca quiso cobrarme ni un centavo…

Quizás también le llevaron flores sus “pasantes”, estudiantes de último año de Derecho que le colaboraban como auxiliares, sin salario, y a los que ella subvencionaba con almuerzos o desayunos a costa de su bolsillo.

Esa vida desordenada en cuanto a la alimentación fue la que le produjo una infección que la mantuvo 4 meses hospitalizada.

Hoy, que vemos en la prensa las barrabasadas de jueces y fiscales de la era masista, recuerdo con nostalgia a Lilita.

Sembraste tanto bien, pero tanto, querida sobrina, que estoy seguro que el Rey de la Justicia, el Juez de jueces, te tiene ya a su lado.
Agosto 1, 2026.

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