Presencia, de semanario a diario

bomaher
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Presencia, de semanario a diario

Mensaje por bomaher » Vie Jul 12, 2019 4:34 pm

Presencia, de semanario a diario

Por Hernán Maldonado (*)

¡Qué tiempos aquellos! Mi buen amigo y gran colega Juan Carlos Salazar puso en mis manos el libro que compiló sobre la trascendencia del gran diario de la Conferencia Episcopal Boliviana en sus 49 años de vigencia: "Presencia, una escuela de ética y buen periodismo".

En sus 319 páginas apenas en 2-3 ocasiones se menciona que don Julio Borelli fue el primer jefe de su sección de deportes cuando Presencia pasó de semanario a diario en 1958.

Y es que don Julio y "sus dos colaboradores", como menciona Carlos Andrade Quiroga, tuvimos un paso efímero y las razones las expongo en mi libro: Tres grandes del periodismo boliviano, en el capítulo: El Coliseo, su religión.

Para don Julio, más importante que ganarse la vida para el sustento familiar, era la construcción del coliseo de la calle México y esa la principal razón por la que llegaba tarde a sus labores en el flamante diario.

En el libro de Salazar, el único que me nombra entre los periodistas de Presencia es Fernando Salazar Paredes (pag. 303) y casi tengo la seguridad de que se equivocó en lugar de nombrar a Mario Maldonado Viscarra (que llegó a ser subdirector).

Sospecho que se equivocó, porque el buen Fernando, periodista y abogado como yo, muy dificil que se haya enterado de mis comienzos. Al revés, el padre José Gramunt de Moragas SJ, en un acto público en el Teatro Municipal, cuando se "profesionalizó" a un grupo de periodistas, en los años 70, destacó a quienes lo colaboraron en la Agencia de Noticias Fides y, en lugar de decir Hernán, nombró a Mario, que creo nunca trabajó en ANF.

Comparto con ustedes, parte de ese capítulo de mi libro (El Coliseo, su religión):

...En medio de esa rutina un día don Julio me preguntó si me interesaría trabajar en Presencia, el semanario de la Iglesia Católica que pronto se haría diario matutino.

Cuando comenzamos, el panorama era prometedor. La redacción estaba ubicada en el último piso de lo que se llamaba antiguamente el “edificio Frigo”, en la mitad de la avenida Frías.

Contábamos con un escritorio, un teléfono y dos máquinas de escribir. En una el “gordo Martínez” y en la otra yo. Aquí se parecía que nos habíamos graduado de periodistas, aunque no nos pagaría la empresa, sino don Julio.

Nunca sabré los motivos, pero aparentemente don Julio se comprometió más allá de lo que podía. Ciertamente nosotros éramos más reporteros que periodistas, de manera que las más de las veces Borelli nos dictaba a Martínez y a mí simultáneamente.

Otro inconveniente era que los talleres del diario no estaban en el mismo edificio y había que trasladar los materiales de redacción hasta la calle Cuba, en Miraflores. Nuestra hora de cierre era las 10 de la noche, horario que muy difícilmente cumplíamos desatando la furia del administrador, Carlos Andrade.

La salida tardía del periódico conspiraba con una buena venta y los de la sección deportes éramos el lastre.

Por esa época se inició en el periodismo el buen amigo Mario Maldonado Viscarra. En realidad era un estudiante de medicina y mucho antes lo había conocido como presidente de la Federación de Estudiantes de Secundaria de La Paz.

Mario estaba vinculado en aquella época a la Juventud Estudiantil Católica (JEC) que tenía un equipo de voleibol. El campeonato paceño se disputaba de noche y Mario se ofreció a traernos los resultados de la jornada en lugar de que Martínez o yo fuéramos con ese propósito a la canchita de la calle México o a la Academia de Policías, en la calle Loayza, donde también se jugaban algunos partidos.

El avance de las obras en el coliseo y su impulso era de la mayor preocupación de don Julio y como las gestiones que realizaba, por las que no ganaba ni un centavo, le ocupaban buena parte de su tiempo, en la sección deportes de Presencia continuábamos atrasando diariamente la entrega de nuestro material.

A veces Martínez y yo llegábamos a la redacción a las 4 p.m. para adelantar material, pero poco podíamos hacer sin la presencia de don Julio. Aunque nos considerábamos unos reporteros vivaces, estábamos aún lejos de llamarnos periodistas.

El hilo estaba haciéndose más delgado.

El director, Huáscar Cajías, un hombre al que más tarde admiraría como un excelente catedrático de Criminología en mis estudios de Derecho, tuvo un domingo en la noche una especie de discusión amigable con don Julio por el desarrollo de un encuentro que involucró a un equipo de La Paz y Wilsterman de Cochabamba. No llegué a interiorizarse del fondo de los argumentos de uno y otro, pero como si el tema fuera a trascender, don Julio comentó que le parecía triste que los regionalismos – ésta es la palabra que utilizó – hundieran al fútbol boliviano.

Creo que fue una coincidencia (porque jamás pensaría que Cajías actuaría de otra manera) pero poco tiempo después acabó la relación de Borelli con Presencia.

Me acuerdo de aquella tarde como si fuera ayer. El sol todavía entraba a raudales por los grandes ventanales del último piso del edificio Frigo. Don Julio jadeaba cuando estaba nervioso (solo lo vi dos veces en 15 años). “Qué se habrá creído. No tienen un poco de respeto por uno, che”, dijo evidentemente molesto.

-¿Qué pasó don Julio?, inquirí, curioso.

Relató entonces que se había encontrado en las gradas (el edificio carecía de ascensor) con el administrador y que éste, en una manera indirecta de llamarle la atención por su arribo tardío a la oficina, le había preguntado descortés por la hora.

-¿Venir a mí a preguntarme la hora? Yo nunca he trabajado por hora. A mi nadie me paga sobretiempo por ir al estadio, los sábados y domingos a ver los partidos y venir a escribir las crónicas. Yo trabajo más de las 8 horas, todos los días de la semana, del mes…

-¿Preguntarme a mí la hora? ¡Ah!

Pocos días después Martínez y yo estábamos sentados aguardando la llegada de don Julio. Se me había olvidado ya aquél incidente con Andrade. El jefe de redacción, Alberto Bailey Gutiérrez, que siempre tuvo una sonrisa amable para los “dos muchachos de deportes” nos llamó y nos informó que don Julio había “renunciado”, pero “ustedes pueden quedarse, si es que quieren…”

“Si don Julio se fue, yo también me voy”, fue mi respuesta. Algo similar expresó Enrique Martínez.

Los que reemplazaron a don Julio, o nos reemplazaron, se quedaron en Presencia las siguientes décadas y muchas veces me he preguntado si no me hubiera quedado allí todo ese tiempo de no mediar las ocupaciones no remunerativas de don Julio relacionadas con el coliseo.

Me dolió enormemente dejar Presencia, un diario que se hizo sentir en la comunidad desde el comienzo y era fuerte competencia de El Diario. Me gustaba, además, la mística con la que se trabajaba. Pero el sentimiento de solidaridad fue más fuerte que la tentación de labrarme allí mismo mi futuro económico y profesional. Total, no era un necesitado, aún dependía de mi familia.

A fines de 1958, además, estaba terminando la secundaria y los bachilleres tienden a ver el horizonte pintado de rosa y se creen poseedores de los suficientes conocimientos como para conquistar el mundo sin darse cuenta – en la mayoría de los casos – que se trata apenas de una especie de malos diccionarios andantes.

(*) Hernán Maldonado es periodista. Es UPI, EFE, dpa, CNN, El Nuevo Herald. Por 43 años fue corresponsal de ANF de Bolivia.

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